El misterioso crimen de la Normal de Santiago

(SANTIAGO DE VERAGUAS, 29 de octubre de 1940) – La tensión flotaba en la sala de música de la Escuela Normal de Santiago. El profesor Gonzalo Brenes intentaba dar inicio a la práctica del coro pero el grupo de estudiantes se mostraban reacios a dejarse guiar por él.

Algunos de los jóvenes conversaban en una esquina sobre temas ajenos a la clase. Otros se reían mientras intentaban practicar por su propia cuenta las piezas designadas para el ensayo. La mayoría se mostraba disciplente, las niñas a un lado y los varones al otro.

Era una de las primeras prácticas del nuevo ‘coro mixto’, recién fusionado por orden de la dirección debido a que la fricción y rivalidad entre los dos grupos empezaba a causar problemas en la escuela.

Días antes, algunos de los varones, dirigidos previamente por el profesor chileno Armando Urzúa, se habían negado a ponerse a disposición de Brenes, quien había estado encargado del coro de niñas. La orden era que los profesores trabajaran en conjunto y que hubiera un solo coro.

Desde que coincidieron en la escuela, abierta en el año 1938, ambos profesores habían mantenido buenas relaciones, pero estos pequeños malentendidos habían fomentado una especie de rivalidad entre ambos maestros, dos estrellas deslumbrantes en el ambiente pueblerino de Santiago de Veraguas.

GRANDES MAESTROS

Solo con grandes maestros se podía educar a un gran pueblo. Esa había sido la consigna del presidente Juan Demóstenes Arosemena (1936-1939), al promover la construcción de la Escuela Normal de Santiago, destinada a impulsar la transformación de las provincias interioranas.

La República no puede seguir siendo tan solo dos ciudades situadas en una de las zonas estratégicas más importantes del mundo, y sujeta a la codicia de las potencias, decía el presidente.

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La Normal había abierto sus puertas el 5 de junio de 1938, en un edificio majestuoso de corte colonial, con grandes áreas de dormitorios y jardines.

Arosemena soñaba con que este plantel educativo contribuyera a impulsar la cultura propia en un país cuyas raíces se desintegraban bajo la influencia extranjera.

El mismo presidente había supervisado la contratación de los mejores profesores disponibles en América Latina, entre ellos el compositor chileno, encargado de la cátedra de canto y música, y Brenes, un chiricano muy conocido por sus canciones infantiles.

NO LLEGABA URZÚA

Eran ya las 4 de la tarde y Urzúa no llegaba a la práctica. Brenes y los estudiantes se mostraban impacientes. ¿Dónde estaba el profesor? Nadie lo había visto ese día. Su ausencia no podía presagiar nada bueno, porque él era todo disciplina y rigor.

Preocupado, el profesor chiricano pidió a algunos de los estudiantes que fueran a la casa de Urzúa, a unos minutos de la escuela, a buscarlo.

Una media hora después, estos regresaban, anunciando que habían tocado la puerta pero el profesor no contestaba.

¿Estaría enfermo?, se preguntó Brenes. Inmediatamente, canceló la clase y buscó  a Luis Herrera Sepúlveda, uno de los pocos colegas que poseía un automóvil, para pedirle que lo llevara al hospital. Se les unieron dos maestros más, Pedro Campana y José Alejandro Sáenz.

Pero en el centro médico no sabían nada de Urzúa.

No era posible que el profesor hubiera desparecido. Decidieron acudir nuevamente a su hospedaje.

El automóvil se acercó prontamente por la poco concurrida calle y se estacionó frente al cuarto que ocupaba el chileno, en un ala posterior del edificio de la Gobernación.

Tocaron la puerta, pero en esta ocasión tampoco se escuchó ninguna respuesta del interior. Uno de los jóvenes saltó por encima de la ventana, y pudo observar, a través de una rendija, que la cama estaba ocupada. Decidieron forzar la puerta con un gancho.

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Al entrar al aposento se encontraron con un macabro espectáculo. El cuerpo del profesor yacía sobre la cama, cubierto por un bulto de ropas. Un charco de sangre, apenas contenida por una palangana de metal colocada bajo la cama,  se extendía por el piso.

Brenes quitó las piezas que cubrían el cadáver. Una almohada. Un mosquitero. Una bata de baño.

Un grito surgió al unísono: sobre los ojos abiertos del cadáver de Urzúa, en la sien, tres enormes heridas que parecían haber sido hechas por un hacha dejaban entrever la masa cerebral.

En el cuello tenía un cordel todavía amarrado sobre la piel llena de moretones.

LLEGA LA POLICÍA

El rumor corrió velozmente por el pueblo y a los pocos minutos llegaban a la escena del crimen el jefe de la Policía y el gobernador.

Pero para entonces ya la habitación estaba llena de curiosos que invadían todos los rincones, abriendo ventanas y puertas y hurgando entre los bienes del occiso.

El capitán puso orden inmediatamente. A los curiosos les ordenó salir al patio. A uno de sus ayudantes, que fuera a buscar al doctor Arrieta González, para que levantara el cadáver.

Había caído la noche cuando los oficiales iniciaron los interrogatorios. ¿Cuándo se había visto por última vez al profesor? ¿Tenía enemigos? ¿Cuál podría haber sido el móvil del crimen? Al parecer no era el robo, pues allí estaban todos los bienes valiosos del profesor,  inclusive su libreta bancaria, con ahorros superiores a los $900, una alta suma en la época.

El cerrojo de la puerta que comunicaba con la Gobernación estaba descorrido, pero de  la oficina pública tampoco faltaba nada.

EL MUNDO

1940 era un año bisiesto y los sucesos ocurridos ese día confirmaban las sospechas de los supersticiosos que asociaban los años de 366 días con tragedias.

En realidad, era una época complicada y confusa. En Europa, la Alemania dominada por Adolfo Hitler se abocaba a lo que se vislumbraba como una gran guerra. En Panamá, Arnulfo Arias, un joven médico graduado en la Universidad de Harvard, de quien se decía era admirador de los nazis, había tomado posesión ese 1 de octubre.

Pero el conflicto europeo, el temido nazismo, y la nueva constitución de corte nacionalista que impulsaba a toda prisa en Panamá el  novel presidente, prohibiendo la inmigración de razas exóticas, pasarían a segundo plano a partir de ese día, en el que el país entero se entregaría a especular sobre la tragedia ocurrida en Santiago de Veraguas.

QUIÉN ERA URZÚA

Durnte los días siguientes, la policía de Veraguas, apoyada por una comisión de expertos enviada desde la capital de la República, inició la recolección de pruebas y pistas.

De los datos reunidos, salía a relucir la personalidad de Urzúa, un hombre al que nada parecía motivar excepto la música, que pasaban sus horas libres sentado en el piano de la Normal, y que, aparentemente, carecía de enemigos o de vicios.

Era soltero y no se le conocían aventuras amorosas. Tampoco parecía tener muchos amigos. Entre sus bienes se encontraron solo dos fotografías: una de un balneario de Chile, con un amigo en traje de baño, y la otra, de un joven del pueblo, que aparecía desnudo, y le obsequiaba una cariñosa dedicatoria.

Nunca llevaba dinero consigo, pues sus ingresos terminaban en una cuenta de ahorros, dinero con el que pensaba comprar una casa para su madre en Chile.

La noche del crimen los vecinos no habían visto a nadie entrar ni salir. Solo la dueña de la casa inmediata aseguró haber escuchado  voces que provenían de la habitación. del profesor.

Era una charla normal, dijo. En un principio, Urzúa hablaba en voz alta y su interlocutor lo hacía en tono más bajo.  No pudo identificar con quién conversaba ni el tema de la plática, aunque, por la forma en que transcurría, debía tratarse de un amigo o al menos un conocido.

El joven de la foto dedicada fue interrogado, pero tenía una coartada creíble.

La habitación estaba llena de huellas dactilares, pero la mayoría correspondía a los numerosos curiosos que habían invadido la escena del crimen.

La gente del pueblo estaba ansiosa por cooperar en la investigación, pero ninguno pareció añadir pistas útiles. A los pocos días, la policía extendió el proceso de interrogatorios a los pueblos vecinos, llegando a La Mesa, Las Palmas y Cañazas. Cualquier varón era sospechoso, sobre todo, si tenía alguna herida en el cuerpo.

En Las Palmas encontraron a un joven con una herida reciente que les pareció sospechosa, por lo que fue sometido prontamente a un pesado interrogatorio, del que no salió ningún dato valioso.

Después de ocho días consecutivos de diligencias, el crimen parecía un misterio impenetrable.

Cundía el miedo y algunos alumnos dejaban la escuela, presionados por sus padres. La población estaba pesimista. El misterio no iba a ser solucionado. Era un crimen perfecto, se decía. Planificado al detalle. Solo podía haber sido cometido por un extranjero.

La Escuela Normal de Santiago había sido abierta en 1938 en medio de grandes expectativas, pero dos años después de su inauguración, el pueblo se quejaba de que solo había producido una serie de sucesos macabros

El brutal homicidio del chileno Armando Arzúa, profesor de canto de la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, había caído sobre Santiago de Veraguas como un terremoto de 8 grados en la escala Richter.

La policía estaba en ascuas, pues inguna pista arrojaba luz sobre el crimen. Los santiagueños, escasamente familiarizados con esporádicos actos de ligera violencia, producto de la pasión desbordada de un borracho o un marido celoso, estaban asustados.

Si el pueblo estaba consternado, la comunidad escolar lo estaba más. Los estudiantes se sentían nerviosos. Las muchachas dormían con la luz encendida. Los profesores se mostraban a la defensiva al ser tratados como sospechosos en los interrogatorios de la comisión especial investigadora nombrada por el presidente Arnulfo Arias.

Con mucho esfuerzo, el director del plantel, Francisco Céspedes, intentaba animar a su gente, instándolos a retomar la rutina.

Los ánimos parecieron mejorar después de los funerales del profesor Urzúa, el domingo 2 de noviembre. Tras un largo sermón en que el cura denunció la violencia y la decadencia moral imperantes, el coro de estudiantes, dirigido por el profesor Gonzalo Brenes, se lució con un hermoso tributo al difunto.

PÚBLICO INSACIABLE

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El crimen de Urzúa había convertido a Santiago en el centro de atención del país entero y los corresponsales de periódicos y estaciones de radio recorrían las calles del pueblo recogiendo una opinión aquí, un comentario acá. Todo servía, pues la curiosidad del público era insaciable y cualquier artículo sobre el tema del asesinato de Urzúa era leído como si se tratara de una novela de Agatha Christie por entregas.

Los reportes de prensa revelaban que la población de Santiago estaba desilusionada con la instalación de la Escuela Normal en su territorio. El plantel había sido abierto con muchas expectativas, pero dos años después de su inauguración, eran muchos los santiagueños que creían que la inserción de más de mil forasteros en la pequeña población de apenas 4,000 habitantes lo único que había producido hasta el momento era una dosis de sucesos macabros.

La tranquila comunidad interiorana, acostumbrada a la rutina del campo y cuyos grandes eventos se limitaban a las peleas de gallos, bailes y los juegos de billar, ahora parecía ser el centro internacional del crimen.

VÍCTIMAS

La primera víctima había sido el inspector ‘Baby’ Sibauste, a quien un sujeto misterioso había lanzado una avalancha de ladrillos una noche en que este se encontraba tranquilo en su habitación. Nunca se pudo identificar al autor de la fechoría, por lo que el inspector prefirió renunciar a su cargo.

El extraño ataque a Sibauste fue el preámbulo de la espantosa muerte del estudiante colonense Cecilio Archibold, un alumno de 20 años de edad que cursaba el cuarto año en la Normal.

El hecho ocurrió en octubre de 1938, apenas cuatro meses después de inaugurada la escuela y exactamente dos años antes del homicidio de Urzúa.

EL CASO ARCHIBOLD

Los estudiantes habían pasado una noche animada, escuchando un programa de radio en la residencia de varones, ubicada en la antigua iglesia San Juan de Dios, y apagaron las luces a las diez y media.

A las 3 de la madrugada, en el silencio de la noche, interrumpido únicamente por el sonido del viento o de los animales nocturnos…. ¡PUM! … se escuchó una fuerte explosión.

Los muchachos se levantaron despavoridos y salieron del edificio. Al volver, se encontraron con el cuerpo de su compañero Archibold aún en la cama. Su cabeza estaba destrozada y su cuerpo, rodeado de pedazos de pasta de dinamita.

Archibold era uno de los alumnos más destacados y no tenía enemigos, por lo que el personal administrativo y la policía vieron difícil sustentar la tesis de un crimen. Ante la falta de otra opción, decidieron que se trataba de un suicidio: el joven había prendido la mecha, había colocado el taco de dinamita bajo su almohada, y se había acostado a esperar la muerte.

Pocos días después, uno de sus compañeros reportó haber encontrado una carta anónima que anunciaba que Archibold sería solo la primera víctima y que pronto algunos profesores correrían la misma suerte. Según la nota, había alguien en la escuela que recibía paga por realizar esos trabajos.

El suicidio del joven estudiante de la Normal apareció en las primeras planas de los diarios de la capital, pero por lo demás, su muerte fue prontamente olvidada.

HABLA LA MADRE

Cuando estalló el caso de Urzúa, la madre del muchacho, Isabel Archibold, residente de Silver City, barrio obrero de la Zona del Canal, en medio de una crisis nerviosa, frustración y resentimiento, empezó a dar declaraciones a la prensa y a exigir a las autoridades que reabrieran el caso de su hijo inmediatamente.

Con llanto en los ojos, en una entrevista con el corresponsal de La Estrella de Panamá, Isabel Archibold aseguró que su hijo Cecilio no tenía razones para suicidarse y dijo que pediría una cita con el doctor Arnulfo Arias para exigirle una prolija investigación en relación con los dos casos.

Si el Estado no hacía nada, ella misma contrataría un investigador privado, dijo, porque claramente se trataba de un grupo terrorista enquistado en la escuela y deseoso de hacer daño.

Pero había algo más. Archibold aseguró que desde el mismo momento de la muerte de su hijo había estado recibiendo llamadas amenazantes que le exigían cesar en sus intentos de buscar justicia.

Se trataba de una voz telefónica que se hacía pasar por funcionario público y le decía que el gobierno había invertido una fortuna en la escuela y que si continuaba con sus intentos de crear un escándalo sería deportada.

CAMPAÑA MALICIOSA

Las sensacionales declaraciones de la señora Archibold eran solo el inicio de lo que el director Céspedes consideró una campaña maliciosa lanzada por los muchos enemigos de la Normal.

En las semanas siguientes, mientras se esperaba a que se revelaran datos que arrojaran luz sobre la autoría del crimen, un torrente de nuevas informaciones de parte de los diarios más sensacionalistas del país afectó aun más al grupo de educadores y estudiantes.

Se hablaba de una escuela plagada por la inmoralidad, cuyos estudiantes varones dormían en el mismo cuarto y se bañaban sin trajes de baño, y cuyas jóvenes caían embarazadas por montones, para después abortar con la ayuda de los mismos profesores.

Denunciaban que la escuela representaba un gasto de $11,000 al mes en salarios pero estaba en un ambiente de pobreza física, social y cultural, y que, muy distinto hubiera sido si se hubiera elegido como sede a Penonomé, Las Tablas, Boquete, Campana o Santa Clara.

El presidente Juan Demóstenes Arosemena se había equivocado al elegir Santiago para un proyecto tan ambicioso, aseguraban.

En un reporte especial, Páginas de Educación, Céspedes negó enfáticamente todas estas acusaciones. En la escuela se habían cometido errores, pero la realidad no era como se la presentaba. A principios de diciembre el director fue destituido.

‘No quedará impune el asesinato del profesor Armando Urzúa’, prometió el recién estrenado presidente Arnulfo Arias, veintinueve días después de juramentarse en el cargo, el 1 de octubre de 1940, y a dos de la muerte del compositor chileno, en la ciudad de Santiago de Veraguas

Presionado por un grupo de prominentes ciudadanos de la provincia de Veraguas– entre ellos Octavio Medina, Luis Fábrega, Leopoldo Fábrega, Julio Sierra, Francisco Céspedes, Melitón Arrocha, Temístocles Céspedes, Julio Alcedo, Rodrigo Arosemena, Ana Richa, Demetrio Pinzón y otros más- Arias nombró una comisión para acelerar y dar fuerza a la investigación del horrendo crimen que consternaba a la población del país.

Una semana después, la comisión, liderada por el magistrado Adriano Robles y el doctor Rolando Chanis, empezó a rendir informes de los avances de las pesquisas, que inicialmente habían sido mantenidas en secreto para no alertar a los sospechosos.

Según los informes de la policía, el profesor de música y canto Armando Urzúa, una persona respetada y querida por compañeros y estudiantes de la Escuela Normal, había expirado el martes 28 de octubre entre 10 y 11 de la noche, a pocos minutos de entrar en su habitación.

El o los asesinos debían ser amigos o conocidos suyos, pues el occiso les había abierto la puerta y conversaba con ellos sentado en la cama, mientras se agachaba para quitarse los cauchos que protegían sus zapatos de los charcos de lluvia. Estando en esta posición, se le había propinado el golpe fatal.

Esta tesis se fortalecía con el testimonio de una vecina, una señora muy seria, que aseguró haber escuchado a Urzúa conversar tranquilamente entre las diez y once de la noche en su habitación.

Después de interrogar a medio pueblo, la policía se concentraba ahora en el equipo de profesores de la Escuela Normal de Santiago, un grupo bastante unido, dado el relativo aislamiento de la escuela.

GONZALO BRENES

Era fácil que entre todos los profesores interrogados llamara la atención de la prensa Gonzalo Brenes, un brillante compositor y atractivo  soltero de 33 años, proveniente de una respetada familia chiricana que, al contrario de la mayoría de los profesores, era muy bien conocido en el ambiente nacional.

Brenes había sido diputado suplente, y se había dado a conocer al estrenarse con gran pompa el musical ‘La cucarachita mandinga’, una farsa con giro político, basada en cuentos infantiles transmitidos de generación en generación, que cosechó gran éxito al presentarse en el Teatro Nacional en diciembre de 1937 y enero de 1938. La pieza era de Rogelio Sinán, pero la música era de Brenes.

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Recorte de La Estrella de Panamá del 6 de diciembre de 1937, día del estreno de la Cucarachita Mandinga en el Teatro Nacional.

Desde muy joven, Brenes había sobresalido en el pobre ambiente cultural del país. En 1927, se había graduado con el primer puesto en el Instituto Nacional. Su inteligencia y talento capturaron la atención de sus maestros, entre ellos Richard Newman, quienes intercedieron para que el Gobierno Nacional le otorgara una beca para continuar sus estudios musicales en el Conservatorio de Leipzig, Alemania, uno de los más reconocidos centros de enseñanza europeos, que solo tenía cupo para 300 estudiantes.

En 1931, tras culminar sus estudios había vuelto a Panamá, donde, influido por el movimiento de ‘nacionalismo musical’, entonces en boga en Europa, se dedicó a componer piezas infantiles basadas en el folklore, con la idea de fortalecer la identidad cultural de las nuevas generaciones.

De su primer cancionero, escrito entre 1931 y 1937, sobresalían las piezas ‘La paloma Titibú’ y ‘El caballito moro’, con letras de la poetisa Ofelia Hooper. También destacó su obra «Patria». 

En Santiago de Veraguas, la trayectoria y personalidad de Brenes le granjearon el respeto y cariño de alumnos y, aparentemente, la amistad de su colega Urzúa, destacado compositor por cuenta propia.

Siendo los únicos profesores de música del plantel, Urzúa y Brenes compartían el mismo salón de clases y mantenían actividades comunes, como la preparación del coro escolar. Aunque habían sucedido algunos hechos desagradables alrededor de este coro, el personal de la escuela no tenía razones para pensar que entre ambos hubiera una tensión permanente y fueron varios los que comentaron haberlos visto conversando y riendo durante las comidas en las escuela.

EL BOCHINCHE

Cuando se filtró que la policía de Santiago interrogaba a los profesores de la Normal, los locutores de radio de la ciudad capital, ávidos de la sintonía de sus radioescuchas, hicieron un festín con la noticia, especulando que Brenes era el principal sospechoso e incluso, llegando a decir que había confesado el crimen, lo cual la policía se apresuró a desmentir.

En David, su madre, sumamente preocupada, contrató a un abogado defensor, Abraham Telembí Pérez, quien de inmediato partió en automóvil rumbo a Santiago. Sin embargo, al presentarse al Tribunal, el juez no aceptó su intervención.  ‘Brenes no es sindicado en las presentes sumarias’, aseguró.

Para las decenas de miles de panameños que seguían el caso de cerca, fue una sorpresa encontrarse con que las primeras planas de los periódicos del país anunciaban el día 13 de noviembre la detención de Brenes, por instrucción del magistrado Adriano Robles, del Segundo Distrito Judicial.

La policía se había presentado en la escuela el día anterior justo cuando Brenes preparaba su clase de música. De allí lo habían conducido al Cuartel Central de Santiago.

‘Soy inocente’, repetía el profesor mientras se lo llevaban con las manos a la espalda, ante la mirada atónita de colegas y estudiantes.

Pese a los reiterados reclamos de inocencia, la policía había encontrado varios indicios en su contra. Tres pares de sus zapatos estaban manchados de sangre humana. Al ser sometidas a una prueba química, sus manos, aparentemente limpias, mostraron restos del líquido entre los finos relieves de las yemas de los dedos y en la cutícula de las uñas.

El compositor adujo que seguramente se habían quedado allí tras haber estado expuesto al cadáver, el día 29 ( ver primera entrega ), pero no pudo explicar las manchas en el segundo y tercer par de zapatos.

En retrospectiva, algunos testigos habían comentado a la policía que el día posterior al crimen, antes del levantamiento del cadáver, Brenes había mantenido una actitud sospechosa. Se había mostrado ‘demasiado’ ansioso ante la tardanza de Urzúa y, al descubrir el cadáver, ‘había corrido a tocar el cuerpo y los objetos del cuarto, como para que sus huellas dactilares quedaran claramente marcadas en la habitación‘. Era tan exagerada su actitud que hasta el detective de la policia lo reprendió.

Había otras piezas en el rompecabezas. El propietario de un restaurante ubicado en el kiosco frente a la plaza central, un español de nombre Joaquín Marcos, denunció que, cinco horas después de la supuesta hora del crimen, Brenes había estado en su restaurante pidiendo un té y dos huevos fritos.

– ¿Qué lo trae por aquí a estas horas?- le habría preguntado Marcos.

A esto, Brenes, alzando ligeramente los hombros, habría respondido:

– Estoy muy contrariado… quise tomar el fresco.

Al ser confrontado con las declaraciones del español, el profesor aseguró que la visita al restaurante no había sido el martes, sino el lunes 27, el día anterior al crimen, pues el martes, insistió, estaba en el salón de música de la escuela, lo que podía ser corroborado, dijo, por el guardia de seguridad que le había abierto la puerta.

Pero al ser interrogado este último, indicó que el martes él no estaba de servicio y que sí, había visto a Brenes de madrugada en el salón de música, pero la semana anterior.

Por cuatro días, Brenes fue, sino el único, el más fuerte sospechoso del crimen. Hasta que el día 14 de noviembre, un ecuatoriano de nombre Salomón García fue detenido en Penonomé.

García residía en Santiago de Veraguas y viajaba Panamá, pero como alcohólico que era, al llegar a Penonomé había cogido tremenda borrachera. Cuando la policía se le acercó para pedirle su identificación, empezó a hacer alarde de estar involucrado en la muerte de Urzúa. Inmediatamente fue apresado y enviado a Santiago.

Al día siguiente ya había confesado; ‘yo cometí el crimen’.

Pero el misterio no había sido resuelto.

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«Te escribo desde la celda de la oficina de investigaciones en la que me han recluido. No te asustes, es un cuarto aceptable. Duermo bien, como bien. Me visitan mis amigos y alumnos. No estoy, pues, incomunicado, y sus visitas me hacen gran bien. Recibí tu carta y me emocionó mucho».

«Me he traído libros, papel de cartas y música para la celda. Estoy sacando en limpio mis últimas  canciones infantiles y pretendo hacer algo más».

«Ten confianza como yo la tengo de que este horrible trance de mi vida ha de hacerme más bien que mal. Este sí que es tema para uno de tus famosos cuentos. No tienes idea de cómo me ha sido adversa la suerte esta vez. Los famosos indicios parecen complicarse, pero yo no les temo, pues mis nervios han sufrido tanto en los primeros días y se ha exaltado en mi la conciencia de mi absoluta inocencia en este asunto, a tal grado que hoy estoy lleno de ánimo, de confianza y lucidez para transitar los escabrosos caminos de los interrogaorios a los que me someten». Afectísimo, Gonzalo.

Así escribía, el 13 de noviembre de 1940, desde su celda de Santiago de Veraguas, el compositor panameño Gonzalo Brenes a su buen amigo Rogelio Sinán,  co autor del  musical panameño La Cucarachita Mandinga.

Tres años antes, con el exitoso  estreno de la obra, Brenes y Sinán habían disfrutado de gran  popularidad. Ahora, como el mismo músico sugería, la diosa de la fortuna le había dado la espalda.

El compositor se encontraba en prisión preventiva, como único sospechoso del asesinato del profesor chileno Armando Urzúa, ocurrido el 28 de octubre en esa misma ciudad.

Dos días después de que Brenes escribiera la carta, familiares y amigos cercanos como Sinán suspiraron aliviados. Había aparecido el culpable.

La radio y periódicos anunciaban que un borracho que se dirigía en  chiva hacia la capital había terminado confesando la autoría del horrendo asesinato.

Pero, si en un principio creyeron que la confesión del borracho terminaría  el via crucis de Brenes, se equivocaban.

Apenas veinticuatro horas más tarde, la policía daba a conocer que el supuesto homicida había declarado ser solo cómplice. El verdadero autor intelectual y material del asesinato era Gonzalo Brenes.

DOS PERSONAJES MUY DIFERENTES

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Los dos protagonistas de la trama no podían ser más distintos. El primero, de 33 años,  educado en uno de los centros de enseñanza más prestigiosos de Europa y conocido como una persona de exquisita sensibilidad y refinamiento, un patriota que rescataba oscuras melodías tradicionales para darles forma y dejarlas listas para ser ejecutadas por una orquesta.

El segundo, de 51, era un extranjero desconocido, de cabello risado, nacido en Maraví, Ecuador, sin educación formal; un aventurero llegado a Panamá en 1919, sin talento para elevarse de su condición de simple trabajador manual.

El músico tenía el respaldo de la buena sociedad chiricana, en especial las señoras amigas de su madre, que lo conocían desde niño y defendían al «artista, al hombre bueno, persona de paz, incapaz de cometer un crimen de esa magnitud».

García arrastraba un largo historial policivo: había sido detenido más de 25 veces, acusado, entre otras cosas, de golpear a una mujer, de hurto, de injuria, de negarse a pagar por una botella de licor,  irrespetar a la policía, de molestar al secretario de Relaciones Exteriores, de destrozar una cantina, de no querer pagar una comida.

Desde su llegada a Santiago, había protagonizado varias grescas más, contraviniendo  un decreto alcaldicio que prohibía emborracharse en días de trabajo.

LA VERSIÓN DE SALOMÓN GARCÍA

A los pocos días de ser detenido en Penonomé e interrogado en Santiago, el ecuatoriano ya había ofrecido un recuento bastante detallado del asesinato.

Se trataba de un testigo de excepción, pues desde septiembre de ese año trabajaba para la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena como encargado de la limpieza del salón de música, usado por Brenes y el profesor chileno asesinado.

Con Urzúa no tenía ninguna relación. En una oportunidad había tratado de saludarlo, pero, al no devolverle este la atención, más nunca lo intentó.

Con Brenes, la cosa era diferente. Conversaban a diario y, según el encargado de limpieza,  el profesor hasta deshogaba con él las frustraciones que le ocasionaban los sucesos ocurridos en el salón de clases.

Pocos días antes del asesinato, lo había visto presa de una furia incontenible tras un incidente con un estudiante del coro.

“Voy a  matar a Urzúa, pero necesito tu ayuda. Te doy  200 dolares si me acompañas”, le habría dicho Brenes.

Como el dinero no le venía mal, García aceptó y el domingo se sentaron a hacer los planes.

ASÍ OCURRIÓ TODO

El martes 29 de octubre, en horas de la noche, Salomón García se dirigió hacia la calle tercera – la que desembocaba en el mercado público-, por «la esquina del callejón». Al alcanzar  la oscura y poco transitada calle en la que se ubicaba el edificio de la Gobernación, donde residía el profesor chileno, se topó con un joven que alimentaba a su caballo.

“Esto es peligroso. Váyase de aquí”, le espetó el ecuatoriano, un testimonio que sería corroborado por el mismo joven,  Faustino Aguilera, días después.

Minutos más tarde, llegaba Brenes, según la versión de García,  completamente vestido de negro y con un sombrero del mismo tono oscuro. Llevaba el saco cerrado sobre la camisa  y el cuello levantado le tapaba la cara. En las manos, envuelto en un trapo oscuro, tenía  el arma homicida, un martillo mecánico.

Juntos, se dirigieron a la habitación del maestro chileno. La puerta estaba abierta.

“Te estaba esperando”, le habría dicho Urzúa a Brenes, invitándolo a pasar.

Ante la mirada de los visitantes, y con mucha familiaridad, Urzúa se quitó el saco; se sentó sobre la cama y se inclinó para quitarse uno de los cauchos que protegían los zapatos de los charcos de agua tan comunes en la  lluviosa ciudad.

Seguido, bajó la cabeza para quitarse el segundo caucho, pero en esta ocasión, Brenes aprovechó el descuido para atestarle un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza con el arma homicida.

Rápidamente, García le introdujo la punta del mosquitero en la boca y, con el cordón de la bata de baño, le amarró el cuello con gran fuerza, para evitar que gritara. Mientras, Brenes le propinaba dos martillazos más en la frente.

La sangría corría sobre la cama y el piso. De las heridas de la cabeza de Urzúa salía la masa cerebral. Sin duda estaba muerto. García tapó el cadáver con el mosquitero. No le pareció suficiente y añadió la bata. Encima, colocó la almohada. En el piso, puso una palangana para evitar que la sangre llegara hasta la puerta.

Inmediatamente, se escondieron en el cuarto contiguo. Allí esperaron en silencio durante varios minutos, hasta estar completamente seguros de no haber llamado la atención de los vecinos. Entonces, salieron por el corredor del edificio y llegaron al patio de una casa vecina, le dieron la vuelta y se fueron por la paredilla de la calle tercera.

Brenes se habría desecho del arma homocidia, pero quedó nervioso. Al día siguiente, buscó a su compañero de andanzas para amenazarlo:  “Cuidado con decir algo, que te mato”.

Una semana después,  cuando Brenes se convirtió en el foco de atención de la policía como sospechoso, García abandonó  Santiago. No planeaba decir nada sobre el homicidio, dijo, pero al emborracharse, y ser detenido por la policía en Penonomé, «se le escapó».

REACCIÓN DE BRENES

En Europa, el ejército francés se desmoronaba ante la invasión alemana. En Panamá, el gobierno organizaba un  plebiscito para que el pueblo aprobara o rechazara  el borrador de la segunda constitución de la república: más poderes para el presidente Arnulfo Arias. Nacionalización del comercio. Razas prohibidas. Panamá para los panameños.

En Santiago de Veraguas, Brenes era sometido a un duro contrainterrogatorio de diez horas. La policía intentaba quebrarlo y forzarlo a inculparse, pero en ningún momento cambió su versión de los hechos. El era completamente inocente.

El  16 se hizo un careo entre los dos sospechosos.  García repetía su relato, cuando fue interrumpido por Brenes: «Este hombre está completamente loco. Deben examinarlo».

Pero el otro no se intimidó: “El loco es usted que ha planeado este crimen”.

FINALIZA LA INVESTIGACIÓN

El magistrado Adriano Robles tenía dos posibles homicidas,  un móvil, una versión de los hechos. Y todo estaba documentado en un expediente de  440 páginas. La investigación estaba cerrada. Los sospechosos serían trasladados a Penonomé, donde se ubicaba el Tribunal Superior del Segundo Distrito Judicial, para preparar el juicio. Si todo salía bien, ambos serían condenados.

En realidad, las pruebas contra Brenes -la sangre de los zapatos, en sus manos, el testimonio del restaurantero-, mostrarían ser puramente circunstanciales.

Lo más serio eran las acusaciones de García, pero era la versión de uno contra la del otro.

De un lado estaba el individuo de brillante trayectoria,  respaldado por  una familia respetada y querida, con medios para contratar a un costoso abogado criminalista.

En la esquina opuesta, un «don nadie».

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Lunes, 18 de noviembre de 1940. 10:00 pm. Sin perder de vista el voluminoso expediente de 440 páginas que yacía en una mesa de la recepción del Cuartel de Policía de Santiago de Veraguas, el magistrado Adriano Robles supervisaba la partida de una caravana de automóviles que llevaría a Penonomé a los dos sospechosos del asesinato del profesor chileno Armando Urzúa, ocurrido 20 días antes.

Afuera, bajo el cielo oscuro, ligeramente encapotado, docenas de curiosos esperaban para observar de cerca a los dos protagonistas del drama que conmocionaba a la República de Panamá.

Casi a las diez y media, se acercó, desde la entrada del cuartel, el compositor Gonzalo Brenes, acusado como autor intelectual y material de la muerte del profesor de  la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena. Caminó, con toda la dignidad que le era posible,  seguido por dos guardias, hasta uno de los automóviles estacionados frente al cuartel.

«Mi conciencia está tranquila. Aquí ven, mis amigos y parientes no me han abandonado y creen en mí», dijo a los periodistas que lo seguían, señalando al grupo de allegados que observaban la escena de cerca.

Ahora le tocaba el turno al segundo sospechoso, Salomón García, de mediana estatura y 51 años, nativo de Ecuador. Al verlo pasar, el músico no pudo contenerse y escupió con desprecio: «Sinverguenza. Quiere arrastrarme al lodo donde él se encuentra».

Los motores rugían, pero, antes de tomar su lugar en el asiento posterior del automóvil, al lado de Robles – García viajaba en el otro automovil- se inclinó Brenes para animar a su madre, que tenía el rostro inundado de lágrimas: «Ten fe en mi, mamá. No tomará mucho tiempo demostrar que soy inocente. No lo olvides».

SALOMÓN SE RETRACTA

Días después, en la tranquilidad del ambiente penonomeño, lejos de las pasiones que todavía se agitaban en la ciudad de Santiago, el magistrado Adriano Robles citaba a su despacho al aseador de la Normal de Santiago, el acusado y coautor confeso Salomón García, a un interrogatorio de rutina que tenía como objetivo elucidar algunas pequeñas contradicciones de su testimonio.

– En su primer testimonio, usted dijo que Brenes le había dado el primer golpe a la víctima en la parte de atrás de la cabeza, pero después, durante la reconstrucción del crimen, dijo que había sido en la parte frontal. ¿A qué se debe esta contradicción? – preguntó el juez.

Garcia permaneció inulsualmente silencioso; temblaba ligeramente, lo que obligó a Robles a repetir la pregunta.

– ¿A qué se debe esta contradicción?

– ¿A qué se debe esta contradicción?

El defendiente abrió su boca para decir algo, pero su cuerpo, que empezaba a moverse de forma incontrolada, no se lo permitió. Temblaba y sollozaba, mientras protegía su cabeza con los brazos.

El magistrado trató de calmarlo, pero ahora gritaba: «Todas son mentiras. Todas son mentiras. Me torturaron. Me forzaron a decir mentiras» .

Alarmado y temiendo que el testimonio de García estaba entrando en terreno desconocido, Robles pidió a uno de los guardias que hiciera llamar con carácter de urgencia a los magistrados Agustín Jaén Arosemena y Rogelio Huerta. Estos  llegaron pocos minutos después para ver a Salomón García López dar, a gritos y en estado de histeria, una versión completamente diferente de los hechos ocurridos en Santiago.

El no sabía nada del crimen. Ni él ni Brenes eran culpables. Su testimonio era un invento, basado en las versiones que havía leído en los periódicos.

La policía no lo había dejado dormir durante cuatro días consecutivos. Un tal teniente Conte lo agarraba por el cabello, le movía con fuerza la cabeza y le advertía: «Tienes que hablar hoy, porque es el último día».

Lo habían golpeado en el estómago y le habían dado latigazos por todo el cuerpo.

Lo llevaron de noche al camino de Soná y en un lugar solitario lo colgaron de un árbol por los brazos.

«Mátenme, mátenme,» les había gritado supuestamente a sus torturadores cuando sentía que las extremidades superiores se le despredían del cuerpo.

Pero ellos seguían: «Dí quién mató a Urzúa. Dí quién mató a Urzúa».

No pudo más y decidió complacerlos:  «Fue Brenes. Brenes es el culpable. El lo hizo todo», gritó.

Garcia pidió un vaso de agua. Se lo bebió de un sorbo y suspiró. Dijo sentirse aliviado, ahora que estaba diciendo la verdad.

El juez Jaén Arosemena tomó la palabra.

– ¿Alguien en la cárcel de Penonomé se le ha acercado para amenazarlo y convencerlo de ayudar a Brenes a salir de las acusaciones que usted mismo hizo anteriormente?- preguntó.

«No,» replicó García. «Al contrario, me he sentido muy mal al verlo sufrir por haberlo yo acusado injustamente».

«¿Usted ha conocido a la madre de Brenes, quien ha estado aquí en estos días?

-No. No la he conocido.

-¿Algún pariente o abogado de Brenes, le ha hecho alguna propuesta en relación al caso que estamos investigando?- continuó el magistrado.

-No- respondió el acusado.

-¿Ha recibido alguna carta u oferta de Brenes para que lo ayude?

-No.

-Y cuando lo torturaron, ¿le pidieron que acusara a Brenes?

-No, pero él era el único sospechoso y estaba ya en la cárcel detenido.

– ¿ Y por qué no había dicho la verdad antes?

-Tenía miedo de que me llevaran de vuelta a Santiago y que me siguieran torturando. Pensaba aclarar las cosas durante la audiencia, pero lo he hecho ahora al no poder seguir sustentado la mentira.

Ese mismo día, el abogado defensor de Brenes, el doctor Felipe Juan Escobar, pidió libertad para su cliente, dado que el único testimonio ya no era válido, pero Robles la negó: «En opinión del suscrito magistrado, tenemos los elementos de prueba para mantener la detención preventiva de Gonzalo Brenes, de manera que la petición de libertad hecha por su defensor es denegada».

EPÍLOGO

Los sindicados Salomón García y Gonzalo Brenes permanecieron en la prisión de Penonomé durante un año, mientras se preparaba al juicio, que tendría lugar en octubre de 1941 en la Escuela Simeón Conte de Penonomé.

Se hicieron dos audiencias. La primera fue  suspendida por razones no muy claras.  La segunda, iniciada a finales de ese mismo mes, se llevó a cabo a puertas cerradas, debido a la naturaleza «confidencial» del testimonio de algunos testigos.  La prensa, no obstante, comentó que se trató de un evento de alto nivel, en el que tanto el abogado de Brenes como el fiscal ofrecieron brillantes alegatos, dejando en evidencia  la débil estrategia del abogado de oficio asignado a García.

Después de varios días de intercambios y testigos, el juez permitió a los acusados dirigirse al jurado.

«Después de lo que ha dicho mi abogado solo tengo que aggregar lo que dije desde un principio, lo que digo ahora y  diré siempre: que soy inocente del crimen espantoso de que se me culpa y que solo pido a los señores del jurado que me hagan justicia».

«Yo solo digo que espero espero ser absuelto, porque soy inocente», fueron las palabras de García.

Finalmente, el jurado dio su veredicto: Salomon Garcia, culpable. Gonzalo Brenes, absuelto.

La mamá del compositor lloraba de alegría. Sus amigos y familiares se pusieron de pie para aplaudir , y hacer todo tipo de demostraciones de júbilo.

En los siguientes años, nada se supo del ecuatoriano, quien seguramente pagó su sentencia y permaneció anónimo por el resto de su vida.

Brenes se trasladó a Costa Rica, donde se dedicó a su pasión: enseñar,  investigar la música folklórica y componer. Regresó a Panamá posteriormente y consiguió un posición como docente en la Universidad de Panamá, donde trabajó durante muchos años, disfrutando del respeto y el afecto de sus estudiantes.

Nunca más se habló públicamente del juicio. A su muerte, el gobierno le hizo un homenaje.

Aquellos que lo conocieron, no obstante, aseguran que los eventos de Santiago de Veraguas lo marcaron profundamente y que su mirada nunca recuperó el brillo que tenía antes.

¿Inocente, involucrado en el crimen por pura maldad? ¿Culpable, dispuesto a hacer recaer las consecuencias de su crimen sobre la parte más débil?

En cualquier caso, una verdadera tragedia, utilizada por los sectores más conservadores del país para vilipendiar escandalosamente todo lo que la Escuela Normal de Santiago representaba: «el liberalismo» que tomaba fuerza, intentando empoderar a las poblaciones más humildes, fortaleciendo el laicismo e intentando abrir puertas para que la mujer saliera de su  confinamiento.

Fue la primera vez que se habló públicamente de prácticas homosexuales («relaciones vergonzosas» y «sodomía» se le llamó en la cobertura periodística), en una sociedad que  relacionaba esta condición con la ignominia, y que le asignaba tal vez aun más descrédito a sus practicantes que el mismo asesinato.

Sin duda, fue el más sensacional crimen que hubiera llegado a los tribunales de justicia panameños. Y de él se siguió hablando durante las siguientes décadas.

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